Últimamente, algunos viernes noche de los que dormimos juntos, nos da pereza hacernos la cena y hemos optado por salir fuera. Como este verano no nos vamos de vacaciones a ningún lugar exótico, hemos decidido sustituir esto por restaurantes extranjeros. Así hemos estado ya en China, Grecia, Egipto, Japón, y la pasada semana en Siria.
Nos sentaron entre otras dos mesas en las que se sentaban otras dos parejas. A nuestra izquierda, una pareja homosexual debatía sobre si las playas de Cancún eran mejores que las de Punta Cana. Aburrido. Mi atención, por tanto, se centró en la que teníamos a la derecha: una chica peruana, de unos veintitantos, y su acompañante, un treintañero pijo. Mientras esperábamos a que nos trajesen los platos (y he de reconocer que durante la cena, y en los momentos en que bien por hambre, o porque nos quedábamos sin nada que decir, callábamos) atentamente escuché su conversación.
La chica había llegado a Madrid por medio de una beca de su universidad, en Lima. Allí, según ella le contaba, cualquiera no puede alcanzar los estudios superiores. Sólo la gente adinerada podía asegurarse el acceso. Ella aseguraba no ser rica, ni mucho menos; gracias a su dedicación, e imagino que también a su buena suerte, había podido conseguir una beca que le había permitido el ingreso en la universidad. Las cosas allí son bastante complicadas, y más si como ella, uno decidía dedicarse al arte. Sus padres hubiesen preferido que estudiara ingeniería, o medicina. Pero ella se había rebelado y había terminado haciendo lo que más le gustaba: estudiar bellas artes para pintar cuadros.
La conversación se me iba y venía entre platos de comida y la sonrisa de Sergio. La siguiente vez que escuché la chica le contaba a su acompañante cómo Lima se había transformado en los últimos años en un centro multicultural, gracias a la inmigración norteamericana, canadiense y alemana. Aseguraba que era una ciudad totalmente cosmopolita.
La pareja gay pidió la cuenta y se fueron rápidamente de allí, imagino que a un hotel. La chica peruana seguía debatiendo sobre si le gustaba más la forma de vida limeña o sobre si en Madrid se sentía sola porque no conocía a mucha gente. El chico intentaba consolarla, supongo que con expectativas de postre (y no precisamente un eish saraya, sino otro mucho más preciado y que no venía en la carta del menú). Pidieron la cuenta y al poco se marcharon.
Cuando ya se hubieron ido, mientras esperábamos nosotros para pagar, le conté a Sergio todo lo que había escuchado. Estuvimos especulando sobre ellos, y después, como estábamos llenos, y como también solemos hacer cuando vamos a cenar fuera, nos fuímos paseando hacia su casa, bajando por la carrera de San Jerónimo hasta el paseo del Prado, y desde allí hasta su piso chocando los hombros.
5 comentarios:
No dejes de ser tan cotilla, por que alguno de tus mejores post, han sido por que has escuchado una conversación, o simplemente observando a la gente.
Un abrazo.
Gracias tatú. No te preocupes, que si hay algo que me encanta es observar a los demás. La mitad de las historias las olvido, y la otra mitad las suelo escribir aquí ;)
abrazos!
yo de vez en cuando lo hago con la fotografía, me dicen mas los retratos cuando nadie te ve, que cuando estan posando, me encantan los robados
el de antes, era yo
Es inevitable meterse en vida ajena de vez cuando...
Tu imagina que alguien hace lo mismo en una de nuestras conversaciones sobre el futuro de nuestro "alter ego" XDDDDDDDD
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