viernes, 21 de diciembre de 2007

Alguien cuidaba de alguien

(El siguiente texto me lo escribió Sergio hace apróximadamente tres años)

Igual que un secreto, la puerta de la azotea ofrecía el aspecto de resistirse primero a ser abierta y después a ser cerrada. El color verde, en numerosas capas de tiempo y pintura reveladas por algunos golpes, era lo único conservado desde el lejano momento en el que se colocó. Mi llave recién copiada era la inverosímil forma de atravesar aquella maltrecha falta de horizontalidad y verticalidad. En un giro quejumbroso y dos golpes pude franquearla.
En los cuentos, las puertas son el único camino a lugares perdidos. A mí ésta me había llevado a mi niñez. Las antenas, árboles enhiestos y oxidados, el olor limpio de la ropa tendida, la cordillera de los edificios cercanos, reconocibles como una voz. Los cambios fuera de mí eran pequeñas arrugas en un rostro ya viejo. Pero aún pequeñas, en las nuevas marcas percibía un matíz. La barandilla blanca y libre de moho, macetas florecidas y dos platos con agua y comida.
Antes de marcharme de la ciudad, en un piso frente a las ventanas del mío, había un perro grande al que encerraban en una terraza minúscula casi todo el día. Cada seis meses encogía de tamaño repentinamente después que su antecesor (del mismo aspecto, suerte y puede que hasta nombre) muriese de pena o por saltar para librarse de su prisión. No me gustaba la idea de que se repitiese esa historia y busqué al posible perro. Lo localicé en la forma de dos gatos en un tejado a la derecha de la azotea.
Uno me miraba con la impertinencia propia de los felinos mientras que el otro fijaba en un lugar entre la calle y yo unos ojos opacos. Estaba ciego.
Espoleado por la curiosidad, decidí mover la comida y el agua a un lugar visible con la puerta entrecerrada y, agazapado, esperé. Varios maullidos fueron acercándose y en la breve rendija apareció el impertinente. Se giraba cada pocos pasos para hacer una señal audible que el ciego seguía, y ya en los platos dejó que comiese y bebiese primero. Por último, los maullidos se alejaron hacia el tejado.
Algo era distinto porque hoy, en medio de esta ciudad, anónimo y sin interés, alguien cuidaba de alguien.

2 comentarios:

Ro dijo...

Echo de menos aquel blog :)

:**

Ro dijo...

Lo que no quiere decir que no esté encantada con este xDDD

:D