
A finales del siglo XIX las primeras edificaciones en altura comenzaron a surgir por el mundo. Rascacielos para lo que se entendía entonces, edificaciones de más de 60 metros que, en un paisaje como el de la época, despuntaban entre casas en miniatura. Cualquier ciudad moderna que se prestase debía tener uno. Un rascacielos no sólo denotaba (y aún denota a día de hoy) riqueza económica; es metáfora de algo mucho más profundo. Antes del siglo XIX el apego que se sentía sobre lo material se trasladaba al apego por el suelo, la horizontalidad con que se desarrollaba la vida de todo individuo. En el siglo XX no sólo se olvida, sino que además queda como mero referente vacuo, pues no hay mayor despego por el suelo que desarrollar la vida a 200 metros de él.
Un rascacielos no está destinado a perdurar, la belleza de su arquitectura es pues efímera, como la de una flor, como la de un paisaje natural o como la nuestra misma. Por lo tanto yo no puedo evitar más que sentirme turbado frente a la visión de uno de estos colosos, y en Madrid comienzan a despuntar cuatro de estos infinitos dedos (aunque no tan infinitos, tanto sea dicho, pues el más alto de ellos tiene 250 metros) que amenazan con (y consiguen) resquebrajar la horizontalidad con la que hasta ahora se había desarrollado la ciudad. Cualquiera que se haya acercado a Madrid por carretera o tren y haya visto las cuatro torres alzarse sobre la ciudad sabe a qué me refiero. No creo que dicha imagen a nadie le haya resultado indiferente...
** La foto pertenece al álbum de un estupendo fotógrafo de Flickr. Os recomiendo sus fotos, pues no tienen desperdicio: http://www.flickr.com/photos/stoper/
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