El pasado viernes, de camino a casa de Nathalie, entre las estaciones de Atocha Renfe y Tirso de Molina, el vagón de la línea dos en el que viajaba se llenó de gente. Lidiando con matojos de pelo, codos, y alientos hediondos conseguí colocarme en un rincón, entre los barrotes de metal amarillos y la puerta; frente a mí se colocó una pareja de mediana edad formada por un hombre y una mujer.
Algo rozó mis dedos. La mujer, creyendo que era la mano de su marido, agarró la mía. Y yo se la sostuve, en un anónimo momento de complicidad. Una total extraña necesitaba del tacto de alguien (en realidad no de alguien cualquiera, de su pareja-marido-novio), pero en ese momento a mí no me importo actuar de reemplazo.
Un rato después, imagino que por el contacto de la piel ajena, la mujer se dió cuenta, me soltó y posó su mano sobre la cadera del hombre, me miró de reojo y después alejó la vista.
Yo sin embargo esbocé una sonrisa. El contacto de su piel me hizo sentirme por un momento afortunado.
3 comentarios:
precioso
:)
Joup, es tan tierno que se me han puesto los ojos así como nebulosos...
no dijiste un:
¿a donde me llevas hoy?
Publicar un comentario