lunes, 31 de marzo de 2008

Galleria Umberto I, Napoli

El niño, descalzo y vestido con harapos, miraba a su alrededor, sorbiéndose los mocos. Una niña, poco mayor que él, le aleccionaba sobre el arte del pordioseo, indicándole las mejores artimañas para dar pena y sacar así los colores (y unas cuantas monedas) a los transeúntes que se congregaban bajo el techo de la Galleria Umberto I, resguardándose del sol abrasador del mes de Agosto napolitano.
Esa fue la primera vez que vi a dos niños ejerciendo la mendicidad. Separados, paraban a cualquiera que se cruzaba por su camino, rogando limosna. La niña arrugaba la cara, encogía los ojos y simulaba el llanto. Por su parte el niño únicamente se sorbía los mocos, que ya se le deslizaban por las comisuras de los labios, y fijaba su negra mirada en los ojos de su objetivo. Curiosamente su observación sincera de las entrañas del otro surtía más efecto que la pantomima de la niña.
Cuando habían conseguido reunir unas cuantas monedas, alegres se acercaban a un hombre que les observaba desde la distancia, leyendo un periódico, y a él le entregaban el botín. Y una vez les daba unas palmaditas en los hombros y les dedicaba una sonrisa chapada en oro, los dos niños de nuevo correteaban bajo el techo de la galería, la niña arrugando la cara y el niño fijando su oscura mirada.

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