Engalanada con sus mejores atavíos, Charito entró por la puerta del hospital a las 8:45, como cada mañana.
Una sombra grisácea de polvo de maquillaje le cubría las cejas hasta casi llegar a la frente. Su mirada estaba enmarcada por una raya asimétrica que dibujaba su contorno, y el lápiz de labios se le desconchaba, manchándole los dientes, que habían adquirido una tonalidad entremezclada de amarillo nicotina y rojo delirio. Las pieles del abrigo de bisón le caían sucias sobre las caderas, de donde asomaba una falda de seda deslucida por el tiempo. Sumando a todo esto los innumerables abalorios que le colgaban de cada una de las extremidades, le daban a la señora un aspecto ciertamente peculiar, con el que, sin reparos, se paseaba de un lado a otro por todo el hospital. Abría las puertas de par en par, con las dos manos, y a ritmo de tacón marchaba rítmicamente por la entrada principal del Gómez Ulla meneando las caderas, a la vez que se encendía un pitillo y mordisqueaba violentamente el filtro del mismo.
La gente con la que se topaba a su paso no daba crédito a Charito: a su extraña pose apoyada en la pared, golpeándola con los tacones, a la mueca de demencia desencajada de su cara, a su mirada perdida.
Cuando sumida en la tristeza y añoranza por un marido militar muerto años atrás empezó a vagar como alma en pena por los pasillos del hospital, Charito intentó cubrir su vacío cubriendo su cuerpo con todo lo de valor que tenía, y poco a poco fue perdiéndose por las entrañas del sanatorio hasta que lo que finalmente se le perdió fue la cabeza.
2 comentarios:
Algunas personas pierden la cabeza, a otras habría que cortársela...
Me gusta la visión de la mente de Iván O... jurrrr me encanta leerlas para Alfonso, y a él escucharlas ^^
;** Besitos en lo hondo de esa peculiar mente!
Parece que Charito es otra Pen�lope que no olvida a su Ulises...
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