Olga llegaba siempre tarde a clase, como diez o doce minutos después de que se hubiese cerrado la puerta. Acostumbraba a sentarse en última fila, con un café entre las manos y las piernas cruzadas sobre el asiento. Limitaba la mayor parte de la clase a escuchar atenta las explicaciones de la profesora, entre sorbo y sorbo del café, y después, cuando éstas habían terminado, Olga levantaba la mano y aguantándose la risa le decía: no estoy para nada de acuerdo con lo que usted ha dicho. Uno a uno iba desmontando todos los argumentos que la pobre profesora había detallado con tanto esmero. Lo peor de todo (para la profesora sobretodo) es que Olga siempre tenía razón. Y disfrutaba viendo la cara de desconcierto de la pobre mujer.
Bajo la tela de las largas mangas de sus descoloridas camisetas, sobre la piel que asomaba cuando levantaba un poco el brazo, Olga escondía enigmas: marcados a filo de cuchillo, y ya cicatrizados, se dibujaban galimatías escritos en alfabeto cirílico (Olga era rusa por parte de madre). Cristina solía decir que probablemente se los había hecho en el psiquiátrico, después de intentar suicidarse. Yo simplemente creo que le aburría tanto estudiar en su casa que entre lección y lección, con el cuchillo con que antes había pelado una naranja, se grababa sus canciones preferidas de la Rusia comunista en el antebrazo, para no olvidarse de ellas.
La volví a ver después de terminar la carrera por la calle Preciados. Había pasado todo el año en Boston, y como resultado se había rapado la cabeza al cero y afeitado las cejas. En su lugar se había pintado algo como hojas de hiedra, con henna. Tenía toda la pinta de haber perdido la cabeza, pero en sus ojos resaltaba la belleza inherente a la locura. Me pareció maravillosa.
Hace una semana volvía por Noviciado cuando la ví de nuevo. En la puerta del bar que hay frente a la parada de metro le susurraba a alguien a través del teléfono. Me miró y sonrió, y yo me acerqué a ella. Mientras terminaba de hablar con su interlocutor la observé. La encontré extrañamente normal. Vulgar. Había vuelto a dejarse crecer el pelo, que lo llevaba recogido en una coleta, y las cejas le habían vuelto a crecer. Al colgar me saludó y charlamos durante unos minutos, sobre nada en especial. Se mostraba especialmente interesada por el proceso de Bolonia y estuvo como diez minutos hablando sin parar de ello. Un sopor. Y para colmo sus ojos ya no me decían nada. Me preguntó si me apetecía tomar algo. Le dije que llevaba algo de prisa y no podía. Mentira.
Así que me despedí de ella y marché calle abajo huyendo de la nueva Olga, deseando que al contrario que ella yo no me hubiese diluido y continuase siendo aún el mismo.
2 comentarios:
no me creo que vuelva a ser normal! me gustaba mas con sus marcas y sus comentarios, te acuerdas en mi cumple bebiendo en la terraza? joooo! podiamos volver un dia a la facultad a beber alli como en los viejos tiempos y meternos luego en una clase de arzua!!!!!
Es verdad, tengo todavía su foto de Santa Olga. No sé, yo me quedé un poco desilusionado cuando la ví. Me parece bien que haya dado un nuevo sentido a su existencia, y quizás sea el hecho de que yo estoy tan desengañado con la universidad lo que me pareció tan mal de que se haya hecho aférrima de lo de anti-Bologna. Lo que pasa es que yo me imaginaba que se dedicaría ahora a cosas más interesantes: un circo de pulgas o de hippy en Ibiza. Cosas mías.
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