Dos años atrás, no recuerdo si por estas mismas fechas, Sergio y yo nos encontrábamos buscando piso. Atentos a cualquier cartel que asomase desde alguna ventana, o a los anuncios dentados colgando de todas las farolas de la ciudad, nos alterábamos al dar con uno que se ceñía a lo que andábamos buscando. En seguida Sergio llamaba para concertar una cita. Así pudimos conocer a la pareja que intentaba deshacerse de su piso agrietado, porque Gallardón les había construído el circo permanente al lado y el ayuntamiento ahora no quería hacerse responsable. También a la solterona que pretendía librarse del suyo porque le habían colocado un centro de politoxicómanos a la puerta de su casa. A su vecina, que nos arrastró a la casa heredada de sus suegros recién éstos acababan de morir (y viendo el estado tétrico de la casa seguramente habían muerto dentro).
Una tarde, después de comer, nos encontrábamos paseando por la zona de Delicias, cuando vimos el anuncio de uno en un portal y decidimos llamar. De entrada ya íbamos con la idea de que no se ajustaba a lo que buscábamos, pero últimamente la visita a pisos ajenos se había convertido para nosotros en una nueva afición, y era una forma como otra cualquiera de pasar el rato. Nos recibió en la puerta un chico de unos treinta y tantos, con las gafas sucias y algo calvo. Vestía formal, con naúticos, pantalón de pinza y polo Ralph Lauren. Invitándonos a pasar al interior comenzó a mostrarnos las dependencias de la casa. El piso no nos gustaba nada, estaba lleno de espejos mugrientos que parecían sacados de una pesadilla narcisista, los techos desconchados, y para colmo era interior. Por no hacerle el feo continuamos a su lado a través de la visita guiada, entre horteradas y más espejos varios. En el salón, una rubia de pelo quemado fumaba un pitillo. Tenía los labios manchados de carmín, y en los ojos, más que haberse dado sombra, se había untado a dos manos el betún de los zapatos. Nos miró de arriba a abajo. ¿Y quiénes son estos dos? le dijo al hombre, ignorándonos. Han venido a ver el piso... contestó el otro, un poco atemorizado. Después, nos miró con cara de perro degollado y nos dijo en un susurro, mientras se le llenaban los ojos de lágrimas: es que nos estamos divorciando...
Sergio y yo nos miramos. Un piso maldito, lo que nos faltaba. Así que muy educadamente, y lo más rápido que pudimos, les dedicamos una de nuestras mejores sonrisas y huímos, parqué a través.
2 comentarios:
Pero bueno! Al final encontrasteis piso??? ;)
:*
Sí, sí que encontramos jejeje pero las historietas estas siempre son más entretenidas :D
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