Merche y Armando disfrutaban de unas románticas vacaciones en San Sebastián. Habían alquilado un coche a su llegada al aeropuerto, y desde entonces se dedicaban a recorrerse el Paseo de la Concha de cabo a rabo cada tarde. Se quedaban dentro del coche hasta que cada atardecer el cielo se teñía de rosa y el océano adquiría una tonalidad verdeazulada, para después volver a su hotel, que se encontraba en la Calle del Alto de Zorroaga, a hacer el amor apasionadamente. Concentrados se encontraban en esta tarea de ver oscurecerse el cielo desde el interior del verlingo mientras se ponían a tono, cuando ésta se vió interrumpida por la visión de una mujer que, frente a ellos, paseaba con un chihuahueño metido en un carricoche de bebé. Merche fue la primera en darse cuenta, quien sorprendida por tan excéntrica visión golpeó a Armando en el hombro para que no se perdiese a la singular pareja. Tras la mujer del carricoche circulaba una peruana enjoyada, que con la espalda bien erguida y una sonrisa de oreja a oreja, guiaba a su caniche a través del paso de cebra. El caniche, al ver pasar al otro perro metido en el carricoche, no pudo evitar quedarse pasmado mirando, y fue justo en ese momento cuando el semáforo se puso de nuevo rojo y fue atropellado. La peruana, al escuchar el golpe que el pobre animal dió contra el parachoques del coche (y que no era el de Armando y Merche, sino el de una rubia oxigenada que se echaba las manos a la cara horrorizada), corrió hacia el perro, que yacía sobre el suelo. Lo sostuvo entre sus brazos, examinándole hoscamente, y después lo dejó caer con un golpe seco. ¡¡¡Me lo matóooooooooooo!!! y salió corriendo en dirección a la otra mujer, a quien agarró por los hombros y comenzó a sacudir en todas direcciones. ¡Me lo mató, desalmada, me lo mató!. El chihuaha perdió los nervios y comenzó a ladrar a la peruana desde el interior del carrito de bebé, y la rubia teñida que había atropellado al caniche se tiraba del pelo mientras lloraba y gritaba histérica.
Merche y Armando observaban todo esto petrificados y con la boca abierta. ¡¡¡Por favor, sácame de aquí!!! Armando puso el coche en marcha y arrancó. Desde el retrovisor podía ver aún a la peruana agarrada de los pelos de la mujer del carricoche y a la rubia oxigenada tirada en medio del suelo bañando en lágrimas el cuerpo sin vida del caniche.
5 comentarios:
Gracias.
Es un consuelo.
Un beso
Lo peor es que he visto la imagen de cómo soltaba al perro!!!
Iván traumatízame más que no sé lo que se me viene encima en la oficina!!
PD: Eso sí, yo tengo la guerra declarada... alguna haré!
Diosssss, pobre perrito porque no atropello a la dueña???? Hubiese sido mas divertido.
La gracia en realidad era escuchar a Merche contándolo, y poniendo acento peruano en el clímax.
Habría que rodar un corto!
Con COBAYAS!
Eso sí, utilizamos una de coña para el momento estampado.
Publicar un comentario