sábado, 19 de abril de 2008

Atardecer desde la Concha

Merche y Armando disfrutaban de unas románticas vacaciones en San Sebastián. Habían alquilado un coche a su llegada al aeropuerto, y desde entonces se dedicaban a recorrerse el Paseo de la Concha de cabo a rabo cada tarde. Se quedaban dentro del coche hasta que cada atardecer el cielo se teñía de rosa y el océano adquiría una tonalidad verdeazulada, para después volver a su hotel, que se encontraba en la Calle del Alto de Zorroaga, a hacer el amor apasionadamente. Concentrados se encontraban en esta tarea de ver oscurecerse el cielo desde el interior del verlingo mientras se ponían a tono, cuando ésta se vió interrumpida por la visión de una mujer que, frente a ellos, paseaba con un chihuahueño metido en un carricoche de bebé. Merche fue la primera en darse cuenta, quien sorprendida por tan excéntrica visión golpeó a Armando en el hombro para que no se perdiese a la singular pareja. Tras la mujer del carricoche circulaba una peruana enjoyada, que con la espalda bien erguida y una sonrisa de oreja a oreja, guiaba a su caniche a través del paso de cebra. El caniche, al ver pasar al otro perro metido en el carricoche, no pudo evitar quedarse pasmado mirando, y fue justo en ese momento cuando el semáforo se puso de nuevo rojo y fue atropellado. La peruana, al escuchar el golpe que el pobre animal dió contra el parachoques del coche (y que no era el de Armando y Merche, sino el de una rubia oxigenada que se echaba las manos a la cara horrorizada), corrió hacia el perro, que yacía sobre el suelo. Lo sostuvo entre sus brazos, examinándole hoscamente, y después lo dejó caer con un golpe seco. ¡¡¡Me lo matóooooooooooo!!! y salió corriendo en dirección a la otra mujer, a quien agarró por los hombros y comenzó a sacudir en todas direcciones. ¡Me lo mató, desalmada, me lo mató!. El chihuaha perdió los nervios y comenzó a ladrar a la peruana desde el interior del carrito de bebé, y la rubia teñida que había atropellado al caniche se tiraba del pelo mientras lloraba y gritaba histérica.
Merche y Armando observaban todo esto petrificados y con la boca abierta. ¡¡¡Por favor, sácame de aquí!!! Armando puso el coche en marcha y arrancó. Desde el retrovisor podía ver aún a la peruana agarrada de los pelos de la mujer del carricoche y a la rubia oxigenada tirada en medio del suelo bañando en lágrimas el cuerpo sin vida del caniche.

5 comentarios:

Diana dijo...

Gracias.
Es un consuelo.
Un beso

N. G. dijo...

Lo peor es que he visto la imagen de cómo soltaba al perro!!!

Iván traumatízame más que no sé lo que se me viene encima en la oficina!!

PD: Eso sí, yo tengo la guerra declarada... alguna haré!

Grimya dijo...

Diosssss, pobre perrito porque no atropello a la dueña???? Hubiese sido mas divertido.

Angry Bull dijo...

La gracia en realidad era escuchar a Merche contándolo, y poniendo acento peruano en el clímax.

N. G. dijo...

Habría que rodar un corto!
Con COBAYAS!

Eso sí, utilizamos una de coña para el momento estampado.